Pink Floyd

Publicado: 11 julio, 2007 en Mis Noticias.
Su mandato y su majestuosidad.
 
El odio que se tenían Waters y Gilmour había dado material a la prensa durante un cuarto de siglo; a cada uno le parecía que el otro había intentado deshonrar su obra y obstaculizar la construcción de un futuro. Después de que Waters diera inicio a su carrera solista, en 1984, el músico se dedicó a desacreditar a sus antiguos camaradas. “Gilmour [guitarrista y cantante]”, declaró Waters, “no tiene ideas propias”, y de Mason, el baterista, dijo que no sabía tocar (Waters se había deshecho de Wright con anterioridad). Gilmour pagó con la misma moneda. Cuando salió de gira con su versión de la banda, se apropió del recurso escénico más famoso de Waters: un globo gigantesco en forma de cerdo, al cual le adosó un par de testículos. Esto dio pie a que algunos listillos tomaran la ocurrencia como un comentario acerca de la opinión que al bajista original le merecía el guitarrista (“Así que le han puesto bolas a mi cerdo”, dijo Waters, “¡que se vayan a la mierda!”). La prolongada riña culminó en una de las separaciones más amargas y horrendas de la historia del rock, y sin duda la más irreparable. Aquella cálida noche londinense a principios de julio de 2005, cuando los cuatro hombres se reunieron finalmente como Pink Floyd para tocar en Hyde Park como parte del festival Live 8, seguramente el dolor no había sanado ni toda esa hostilidad se había volatilizado como por arte de magia, pero todo ello contribuyó a hacer del concierto algo realmente conmovedor. Tocaron y cantaron a pesar de la acritud, en gran medida porque la causa que el evento promovía –intentar persuadir a los países más ricos del mundo para que perdonaran las deudas de los más pobres– se ajustaba perfectamente al sistema de valores que compartían los integrantes de la banda.

Pero otro motivo, más profundo y mucho más próximo a su historia, contribuyó asimismo a su inesperada reunión: debían pagar una deuda imposible de saldar, y asumir esa imposibilidad era parte del proceso. Syd Barret, un hombre que había permanecido en el misterio y la soledad por decenios, fue el corazón de Pink Floyd durante su época tempranera –compuso las canciones de la banda, les imprimió un estilo, los convirtió en un serio contendiente en la escena musical británica– pero en 1968 Waters, Mason y Wright lo despidieron tras comprobar que se deslizaba hacia su irreversible desintegración mental. Ninguno de ellos lo volvió a ver luego de un encuentro sorpresivo en 1975 que los dejó atónitos y al borde de las lágrimas. A pesar de todo, Syd continuó definiendo a Pink Floyd, ya que el punto de partida de su evolución musical fue el estilo que él les había legado, y también porque la oscuridad que lo eclipsó les inspiró muchas ideas e innumerables versos. A Barret le debían algo –en cierto sentido, le debían todo– y si su tributo se malograba durante Live 8, ante los ojos del mundo, jamás podrían intentarlo de nuevo con honestidad. Y así fue, sobre todo porque ellos sabían que Pink Floyd no podría prolongar su existencia más allá de esa noche, y quizá intuían que en un futuro demasiado próximo Barret también dejaría de existir.

"Si uno debe ser rebautizado con el nombre de Pink Floyd, ése soy yo"

Roger Waters

 

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