Biografía de Rodrigo Gonzalez

Publicado: 4 marzo, 2006 en Rockdrigo González.
Notas para la construcción de una biografía

Tú solo, a los 12 años, del centro de Tampico a las afueras, lo más lejos que llegas es a la playa, o a la región de La Clementina, allá a los ranchos frondosos donde te gusta corretear inalcanzables conejos. Corres por puro gusto y porque los pulmones te dan para eso y para más, no porque no sepas que las liebres, y sobre todo las de tu tierra natal, parece que tienen hélices en lugar de piernas. De lejos te miran Don Manuel González Sámano, tu padre, y Manuel González Guzmán, tu hermano mayor.

– Anda feliz el Rodrigo, papá, mírelo.

– Como un gorrión, el carajo. Ojalá se logre…

¿Te acuerdas de tu época, llamémosle así, de la Huasteca Potosina? ¿Que acompañabas a tu padre, el ingeniero naval más célebre del estado, a la construcción de chalanes y puentes flotantes allá por Valles?. Fueron los meses donde tomaste por vez inicial los comandos de su camioneta de labores, tú solo, y te dejaste ir, sin más guía que tu buen ojo para los coches, sin ninguna enseñanza específica de por medio, cinco kilómetros hasta el pobladito de Santa Rosa. Y rebasando. A la par, de eso te enterarías más tarde, Brambila sobrevolaba Monterrey y algunos alrededores con don Valente, su padre, el ganadero. Tú ibas manejando, felíz de dominar el aparato, de visita a casa de Fernando Robaina, el cubano de Santa Rosa, tu amigo el pariente del actual funcionario del presidente Castro. Allá, arriba, a un techito relativamente bajo, el que alcanzaba luego de una buena purga la mejor avioneta del padre de tu futuro hermano de ley, Brambila sintió un poco lo mismo que tú. Ese día, vamos a decir que el mismo, mieentras tú ibas manejando, estirando un poco las piernas ya largas de tus 14 años para hacer un buen juego entre el embrague y el acelerador, ese día, digamos que a la misma hora pero a muchos kilómetros hacian el horizonte, Brambila tuvo, por sus primeros cinco minutos en la vida, el control total de la nave. Linda la Grushenka, bimotor d?aIe colección que tantas alegrías y terrores iba a darles a ti y a Brambila, cuando se conocieran, ahí nada más a la vuelta del segundo año de secundaria.

Derecho a tu casa, por la Eucalipto, pero mucho más hacia el sur, aunque sin salirse de la colonia Altavista a unos pasos de tu casa lo miras. Es el único que trae una motocicleta de las que usan sólo los mayores de 18 años. Y él debe de tener si acaso tu edad, no más de 15. Potente la máquina. Nuevecita. Azul índigo y acero. El conductor, aquel compañero nuevo que entró en la misma secundaria que tú, iba hecho la raya desde la planta de agua de la ciudad hasta el lado este, por la Avenida Hidalgo. Llega allá por donde está la casa de los Melik, la familia árabe comerciante de ropa, y se regresa levantando el polvo. Es ya un demonio conduciendo, por lo que se ve. Y es jinete solitario, según observas. Un ademán basta para que se detenga a tu lado, se levante la visera del casco y aparezca sonriente, dueño de Tampico y del mundo cincunvecino.

– ¿Qué pues? – te pregunta el forastero, mientras tiende la mano para saludarte y mirar con curiosidad tu guitarra, terciada al hombro.

– Toco. Hago música. Rocanrol – desenfundas, veloz como cinematográfico pistolero del oeste. Y el forastero, que pronto dejaría de serlo, escucha aquel fragmento de requinto que tienes preparado para ocasiones particulares.

Terminas el brevísimo concierto, bastante satisfecho con la velocidad invisible de tus dedos sobre las cuerdas.

– ¿Y tú qué o qué con esa moto?.
– Es mía, y un día voy a tener una avioneta.

– ¿Sabes tocar la guitarra?

– Ni tantito. ¿Manejas moto?

Claro que no, pero te subes a pilotearla, el dueño en ancas, diciéndote que es igual que una bicicleta. A los cien metros derrapan. Nada grave. Los raspones, varios de los que se darían en sus múltiples aventuras, los unen más de los que los separan.

Estás en tercero de secundaria, en el Froebel, el instituto nombrado como el educador alemán que inventó el sistema de kindergarden, y donde has hecho la escue?aIla desde que tienes memoria. Dejaste de lado una visita a casa de las Magdalenas, esas hermanas lindísimas que frecuentas con Brambila, tú una, él otra. Estás en un sitio cuyo nombre específico prefieres no mencionar. Pero sí sabes que te rodean los Lobato, los Esquivel, los Segovia, gente de tu edad. Circulan un par de botellas de cerveza. Cantas. Y alguien, a saber quién, saca de por ahí un cigarrillo de una planta distinta al tabaco.

– Pónle, Gorrión. Para que afines.

Sonríes un tanto despectivo. Afinado ya estás. No en vano te has pasado los más recientes diez años aprendiéndole de tu padre los secretos del huapango, y a tu hermano el orden matemático de sus conciertos de guitarra clásica. Así que aceptas. Total. Y das una larga calada al cigarrillo de color. Será la primera de una larga, muy larga serie.

¿Sabes qué fue de los compañeros que te rodeaban en aquel momento?. Nadie se acuerda de ellos. Esta es, muy probablemente, la última vez que alguien los menciona.

Eckholm, el arqueólogo estadounidense, te dejó impresionado. Precursor indiscutible del futuro personaje Indiana Jones, había realizado excavaciones para su trabajo en la parte más alta de Tampico, tenía entre ceja y ceja determinar el alcance de los huastecos, antecesores culturales nada menos que de los mayas, a quienes heredaron parte de su lenguaje escrito. Un día decidiste seguir sus huellas, armado de un raspador como los que se emplean para descarnar las pieles de los animales.

A los meses, llegaste feliz a casa, venías de la isla de La Pitaya:

– Ahora sí, gente, ahora sí – no necesitabas decir más.

Llevabas en la mano el fruto de muchas horas de esfuerzo: una mandíbula de manatí o vaca marina, un sirénido con quien sabe cuántos años de existencia a las espaldas, extinto ya, desde luego.

Con el tiempo el dichoso pedazo de sirénido se perdió. A cambio, a modo de premio de consolación, en el cuarto de diseño de tu padre, está una buena cantidad de figurillas de barro, testimonio de tu paso por la arqueología.

Amanece y?aI cae la noche y te encuentra tocando. Has decidido dos cosas. Una: aceptar el cuarto que te asigna tu padre, que fue una de sus primeras oficinas, y acondicionarlo como salón de ensayo. Y dos: dominar la armónica. Una de las Magdalenas, la tuya, te obsequia una Roldmann alemana. La besas. Te responde con un dulce sonido. ahí te caen, porque de estudio ha apsado a ser tu casa particular, los mismos de siempre más algunos nuevos amigos atraídos por la música. Otra vez una sombra no identificada saca del bolso de su chamarra unos cuadritos de papel impregnados con cierta sustancia que los llevará a sitios no imaginados todavía. La ofrece. Aceptan en grupo. Muy luego, cuando terminan el concierto de la noche, cuando se han ido todos, cuando regresas al planeta tierra, una lucecita interna se prende y apaga en tu cerebro. Sabes lo que quiere decir, y pones atención. Pero prefieres ignorar, al menos por ahora, el mensaje.

Una mañana, a las seis en punto, con el pretexto de que ibas de fin de semana ahí nada más al rancho de unos compañeros de la escuela, salieron muy orondos, el Brambila y tú, en lomos de la Grushenka. Traían, en realidad, rumbo del centro de la república. Y llegaron a la ciudad de México. Y de ahí a Oaxaca, por la misma vía, para comprobar la veracidad del efecto alucinatorio de los hongos.

Era verdad. Todo lo que decían de ellos era cierto. Lo comprobaste. Y tú solo, porque el Brambila con el cuento de cuidar la avioneta o a saber por qué, prefirió darle la vuelta al sortilegio de la señora Sabina, como antes hizo con los papelitos de colores y más antes con los cigarrillos aquéllos.

Pero te cuidó.

Mientras te dedicaste a la guitarra, a la armónica, a pastorear el cariñito de varias mujeres que te apreciaban y a experimentar, digamos, con la química orgánica, el Brambila te cuidó. Puedes reclamarle que nunca, pese a todos tus desvelos, consiguió arrancarle siquiera Las Mañanitas a tu guitarra, pero no de que fuera mal piloto de su avioneta. Ni de que fuera mal amigo. Eso no. Nunca.

Y d?aIe vuelta a Tampico, o sea de regreso a la guitarra. Ahora con un nuevo personaje, igual de buena gente que Brambila, pero mucho más dedicado a su instrumento que todos los que te visitaban en la leonera. Armstrong. Excelente para ejecutar y componer. Y de tu generación. Casi diríamos que entre él, crearon en ti la conciencia de estructura musical. Eso fue lo que trasladaste al rock.

Lástima que en tu fugaz estancia en Jalapa, pensada en principio con el fin de perfeccionar tu ya considerable habilidad a la guitarra, no te decidieras en firme aprovechar las instalaciones de la escuela de música. Lástima, porque no te habrías vuelto académico, como eran tus temores. Por fortuna, pese a dedicar ese tiempo a otras actividades, tu virtuosismo técnico no se vió afectado.

Estamos hablando del famoso episodio ocurrido en 81, la noche en que se desataron los lobos. Los lobos con uniforme.

Poco antes, al despacho de tu padre llegó el rumor, de buena tinta, de que se realizarían, a lo largo de una semana, redadas diarias. Iban, desde luego, contra los hijos, entre 18 y 25 años de edad, de las familias más o menos atacados de la ciudad. Contra todos. Parejo.

Gracias al pitazo, alcanzaron hacer un convoy. Coches prestados, camionetas casi en desuso, motocicletas de dos plazas, todo servía. Era o salir corriendo de Tamaulipas o caer en las fauces de los lobos que no iban con intenciones de auxiliarnos ni de confrontarlos, sino de tomar parte en una extorsión jugosa. No atraparon a nadie. O sí, pero no a los que buscaban. Fue una época donde lo fumable, lo inyectable, lo digerible, lo aspirable, corrió como río por todo Tampico. Así que, al menos en tu caso, el único que interesa para estas notas, no acudiste a la cita de los paraísos artificiales por conflictos familiares. Al contrario, eras el más apegado a tu casa, el que acompañó a su padre más tiempo de todos los hermanos y el que recibió de él la influencia intelectual más fuerte.

Le pediste un postero aventón al Brambila. Te lo dio, incluso en contra de la?aIs disposiciones de su respectivo padre. Fueron a Michoacán, donde habrías de pasar una temporada dedicado a escuchar con cuidado, calma, atingencia y haciendo anotaciones en un cuaderno que luego sería histórico y del cual se conservan muy pocas páginas, toda la música de la región.

¿Quién descubrió en tu canto o en tu forma de armonizar la influencia de ritmo purépecha? ¿Quién de los rocanroleros profesionales de tu momento, ya que estabas a punto de convertirte en uno de ellos, tenía tantas influencias por solucionar, tantas lecturas, tantos viajes, tantos maestros de guitarra y literalmente tantas horas de vuelo como las que habías acumulado hasta ese momento? ¿Quién de los rocanroleros anteriores o posteriores a ti, en el país, había hecho al menos un hallazgo arqueológico? ¿Quién de ellos tuvo jamás un amigo como el Brambila, o una compañía femenina como la de Magdalena o de Florencia o de Mina o de la menor de las Gallardo? ¿Quién, Rodrigo Eduardo?

Tu padre lo sabía. Todo. Absolutamente todo. Y nunca se metió contigo. Te dejó hacer. Siempre, pero en particular a tu regreso a Tampico. Y eso que venías casi igual. Quizá y con las revoluciones todavía más aceleradas, si es posible. Con toda la enciclopédica cultura bohomía y conocimiento de la vida que ya para entonces gozaba y ponía en práctica el ingenio naval Manuel González Sámano, conocido y reconocido por propios y extraños como perito en su materia, con todo y todo, pues, ante tu necesidad urgentísima de rebelión interior, o sea de absoluto desmadre, un día te dijo, de plano:

– Mira cabrón – tendió la mano como para saludarte pero en realidad era para despedirse y te ofreció un sobre que a querer o no ibas a tomar -, no puedes vivir hueco. Ahí tienes un boleto de autobús para México. Y 500 pesos. Que te bendiga dios y vete a mercatear allá solo. Cuando seas hombre de bien, regresas.

Hasta cuando te iba mala, fíjate, te iba bien. Pero tu no lo sabías. Y para el verdadero milagro, envuelto en los claros ojos de una mujer francesa, faltaban tre?aIs largos y callejeros años.

– Como si perteneciera a la realeza – le dices a Brambila por teléfono.

Françoise te da un codazo por lo bajo. Ella sabe que, efectivamente, los Bardinet, como ella, son de una de las pocas familias aristócratas que restan en Francia. Pero prefiere que algo así en un país como México pase desapercibido.

– Es más, te la llevo ahora en Navidad para que la conozcas.

No fue una navidad, sino dos de las que pasaste en compañía de Françoise Bardinet, junto a tu familia, en Tamaulipas. Ahí la vio el Brambila, y te dio la razón, en una parte, bajito, cuando ella no los escuchara.

– Es como de los cuentos aquéllos, ¿te acuerdas, donde la princesita y esas ondas?

Así era la Françoise que, en tus manos, pasó a llamarse, con sencillez, Pancha. Ella conocía los tres años en que anduviste, primero en los camiones y luego en las cantinas, tocando boleros y huapangos rapidito para que te alcanzara el tiempo y pudieras interpretar dos melodías en el tiempo de una y las pingües ganancias se vieran multiplicadas en algo.

Tú. El compositor. Tú. El teórico. Tú. Rodrigo Eduardo González. Osea, El Gorrión de Tampico.

Para ella, sin embargo, no era sencillo el trato contigo al menos en un sentido. Y no te lo dijo nunca. No quiso. Había encontrado en ti, tal como se lo ratificaba su familia, al varón que habría de acompañarla por muchos años. De manera que fue fraguando un plan.

Allá por sus tierras, en Normandía, existe un balneario aislado de todo contacto con el mundo. Es una especie de retiro o de monasterio disfrazado de estancia vacacional. Las reglas son muy simples, y brutales: todo lo que entra, tarda en salir; todo lo que está adentro, no tiene relación con todo lo que está afuera. Allá se fueron tú y ella, ella y tú.

En seis meses no pudiste conseguir absolutamente nada de material, ni un gramo, ni una dosis, ni un mililitro, ni siquiera una fumadita de algo. La abstinencia total. Cura de burro, si quieres, pero cura al fin. Bardinet sabía de la talla de tu talento. No ?aIiba a permitir que te lo gastaras en improvisaciones bajo la regadera, ni en madrugadas que te dejaban la garganta inservible y cada vez más vacío, ni en aquellos amaneceres donde el ligero exceso de tus varios hábitos te llevaba al borde fácilmente franqueable de la muerte.

A los seis meses de Normandía quedaste libre de dos formas: una, porque salieron del balneario-retiro; y dos porque ya no quisiste meterte nada más que, acaso, trago, y alguno que otro material muy de vez en cuando, bajo tu propia estricta vigilancia.

Es la tarde siguiente a la llegada de ambos a París, donde han ido directamente de Normandía.

– Tengo tu regalo – te dice Françoise, que regresa luego de ausentarse un par de horas. Trae un sobre en la mano. Parece que eso de los sobres se va haciendo una costumbre en tu existencia cuando el rumbo de la vida va a cambiar de forma drástica. Ni te imaginas lo que es.

Son dos entradas para ver, desde la cuarta fila, un concierto de Bob Dylan en la capital francesa. Ese es tu premio. Lo recibes con un silencio proporcional a los fuegos artificiales interiores que se te encienden al saber que conocerás a la figura que has seguido desde al menos una década y que tus críticos nunca aceptarán, sino como broma, como nunca vieron tu devoción por Tom Waits ni la clarísima aceptada influencia de Springsteen de la época que desemboca en Nebraska.

Dylan toca dos horas exactas y luego acude cuatro veces más al escenario ante la urgente petición del público. Françoise y tú salen primeros. Ya no escuchas el último encore. Tienes algo que decirle a tu mujer. Algo muy importante para tu desempeño. Algo que marcará todo lo que hagas desde esa noche hasta el último día en que toques la guitarra y la armónica:

– Yo soy él.

Entonces, sólo entonces, refloreció en ti todo lo que habías aprendido en la colección Araluce, aquella reconocida serie libresca española que estaba, completa, tanto en tu casa como en el Froebel. Entonces recordaste, y acudiste de nuevo, con hambre de náufrago, las obras que ?aIte conformaron.

Mencionemos nada más a diez autores de entonces que conservabas incluso en un cajón, a mano, en la que fuera tu última recámara: Focault, Moliére, Fromm, Goethe, Elíade, Quevedo, Freud, Espronceda, Einstein, Schiller.

Y volvió a nacer la inquietud adormecida a fuerza de tanta dispersión, que bebiste de tu tío abuelo Guillermo Sámano, fundador del Cuarteto Regional Tamaulipeco y luego de Los Trovadores Tamaulipecos, el grupo mexicano a que Portes Gil, tamaulipeco también, le compró guitarras valencianas para que fueran a representar al país a Europa, América del Sur y Estados Unidos.

Ahí estaba, también, parte de lo tuyo, porque sabías, lo escribiste, que lo propio de México no era el mariachi, fabricado por la radio, música de pitos como la clasificabas. La tarima-hueca, significado de huapango, sí pertenece al país, y lo representa, y eso lo viniste a corroborar cuando Vinicius de Moraes lo deslindó. Antes ya tenías buena idea de por dónde iba el tiroteo, porque así como en la leonera aquella corrían las sustancias que sabemos, también circulaban a la par, y sobre todo, bambucos, boleros y trova yucateca, que estudiaste en cuanto a la delicadeza de su letra. Más, incluso, que el rocanrol.

En cuanto a la otra formación, la sentimental, lo cierto es que tuviste en calidad pero no en cantidad. Queda consignado el nombre de Mireya Escalante, pero tú mismo, desde que reiniciaste el camino con Françoise, prohibiste en uno de tus muy escasos actos de autoritarismo familiar, que alguien le fuera a decir dónde vivías, ya en la ciudad de México. Tampoco quisiste saber nada de la hija que tuvo Mireya, pese a que la joven mujer regresó a Tampico y consiguió reentablar las relaciones con tu señora madre y tus hermanas.

No fue el único de tus devaneos. Cuando entraste a trabajar al astillero, con tu padre, en aquella breve temporada, lo primero que te advirtió fue que no te enredaras con la secretaria. Y lo hiciste de inmediato. Era más joven que tú, se atravesó en el camino, te la llevaste entr?aIe las espuelas. Con su consentimiento, desde luego, porque ella pensaría, años más tarde, lo mismo de ti.

Ya en la ciudad de México, sobre todo en los primeros días, te sientes encerrado, ahogado, circundando en exceso. Y no es de extrañar. Has pasado una infancia en lo que en Tampico se conoce, o se conoció durante los años cincuenta, como las colonias: lo opuesto de los edificios y casas precisamente aprisionadas que conformaban el centro de la urbe. Eso es algo que no te acaba de cuadrar.

En la madrugada te levantas y vas solitario a asomarte a la ventana, casi sonámbulo, descalzo. No hay nada más que edificios oscuros. Regresas a la cama, ya del todo despierto, y antes de conciliar nuevamente el sueño piensas que lo que andabas buscando eran las codornices que a esa hora, allá en Tampico, llegaban en grandes grupos a la casa de al lado de la tuya. Es una imagen azul y brumosa. Y así la conservas. Igual que el salto ondulante de los conejos por el patio de lo que es la residencia paterna. Igual que la historia del velador aquel, famoso, que en una mañana nada más apoyó la rodilla derecha muy firme en el suelo, apuntó su escopeta y cazó un venado, pero no en la sierra, sino ahí donde queda el club campestre de la que era tu ciudad.

Y hoy la has cambiado por esto. Aquí no está el Qual, tu gato, ni el mejor perro, negro por todos lados, que tuvieron en tu casa, el Aldous, llamado así por ti en honor de Huxley. El perro que se salía a trabajar con tu padre, cuando no andaba contigo. Se iba en la camioneta del ingeniero y con él entraba a los bancos y a los restaurantes. Un perro famoso en Tampico.

Antes de lo de Françoise, luego de un tiempecito de salir de Tamaulipas, lo que te hacía más felíz del contacto con tu familia eran las visitas de tu padre, cuando iba al Distrito Federal para arreglar algunos de sus múltiples asuntos. Te invitaba a comer. Te ayudaba con dinero.

Sobre todo estuvieron juntos en las tardes antologables para tu historia gastronómica en El mesón del Cid, en El centro vasco y, ?aIallá por las calles de Uruguay, en El Llenadero. Lechón a la española pedían ambos. A ti no te habría alcanzado ni para una orden de tacos y un caldo en San Cosme. Ni tenías para tus libros, ni para los tenis que un día decidiste como calzado favorito. Tu padre era bienvenido siempre. Claro, tenías que escuchar, entre bocado y bocado, sus señalamientos que se contravenían con tu forma de vida. Pero el maldito lechón estaba delicioso. Y eso era irrefutable.

Y no le faltaba razón al ingeniero. Una noche por poco y acompañas en el triste destino a Víctor Jara. Sólo que tú no por razones políticas, sino exclusivamente por la envidia que provocó tu habilidad y don de gente que en cuatro presentaciones en el barecillo ese de Insurgentes, allá por la glorieta, se ganó el público en su totalidad. Eran tres los que te atacaron. Y el saldo si no fue bueno, al menos no resultó el que ellos esperaban. Habías invitado a Brambila para que viera que ahora sí estabas tocando en un centro nocturno, como le decías al pulguero. Y al final, en la parte de atrás del escenario, que utilizas para dejar el estuche de tu guitarra y cambiarte de camiseta, se te fueron encima tres semimúsicos. Ni siquiera empezaron con insultos. Llevaban un plan más o menos bien establecido: cortarte las manos.

Pero primero querían ablandarte a golpes. Entonces salió a flote mucho de lo que habías aprendido en tus correrías de barrio bajo, mucho de que lo que sí sirve y en momentos como aquel había que poner en práctica velozmente. No consiguieron, con la afilada navaja que llevaba uno de ellos, más que hacerte un ligerísimo rayón en la palma izquierda. Y quizá habrían completado el trabajo de no ser porque el Brambila, feliz por el concierto, no quiso esperar hasta que salieras sino que se metió al área de camerinos para invitarte un trago de la botella que él solo estaba consumiendo en una de las mesas del lugar. De inmediato le entró la repartición de trancazos. Pero aún así estaban ustedes dos en desventaja numérica. Hasta que uno de ellos, el de?aI la navaja, le tiró un tajo al Brambila y le hizo un bonito corte en la chamarra de aviador que gastaba.

– Hasta aquí, cabrones – oíste que dijo muy firme y muy convencido tu amigo.

Estabas allá, luchando con los otros dos, así que tu percepción del asunto fue muy breve y confusa, pero algo vieron ellos y el otro, el de la navaja junto con el costado izquierdo del Brambila. Y se petrificaron, primero, dos, tres segundos, antes de descongelarse y salir corriendo ante su sorpresa, ante la sonrisa malvada de Brambila que, para el coraje, le daba un trago directo a la botella de ginebra que gustaba tomar, ya desde entonces.

Se volverían a ver el Brambila y tú, pero cada vez menos.

Cuando el terremoto del 85, vino de inmediato en la Grushenka, pero no pudo aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez y fue a descender allá por Toluca. Se destacó por participar en la brigada Tlalpan, y por hacer un viaje cada tercer día con víveres para los damnificados entre Tamaulipas y la Ciudad de México.

En el 47 contrajeron matrimonio Manuel González Sámano y Angelina Guzmán de González. Partieron, a petición de él, rumbo a Acapulco, para ocupar una plaza importante dentro de su ramo. Allá nacieron Manuel, ingeniero también, que hoy trabaja en Monterrey; y Ernesto, fallecido apenas luego de su llegada al mundo. Enseguida vendrían, ya por Tampico, Elsa, ahora ingeniera bioquímica y bióloga marina; y la menor Genoveva, que al paso de 25 años se convertiría en la sicóloga especializada en niños con problemas de aprendizaje, que hoy vemos.

Tú eras menor que Manuel, mayor que el resto, y de ello da cuenta tu acta de nacimiento que consigna como vivo al niño Rodrigo Eduardo González Guzmán, un 25 de diciembre de 1950 a las 5 de la tarde. Todo ello asentado en el certificado número 187232, del libro de nacimientos números XII, del año de 1951 y a fojas 125, en la ciudad de Tampico, Tamaulipas.

– César Güemes

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