Pepito “El Terrestre”

Publicado: 10 diciembre, 2006 en LAS BIOGRAFIAS.
José Calderón Torres fue su nombre completo, y en Tampico todos lo conocieron con el sobrenombre de “Pepito El Terrestre” con lo que la fantasía podía hacernos creer que, en contraparte, existió algún Pepito de origen divino.

    José Calderón fue solo un personaje al que solo le bastó ser y existir para formar parte de las leyendas más extraordinarias creadas por los tampiqueños. Fue un hombre único e irrepetible como cualquiera otro y, a la vez, su naturaleza física lo diferenció aún más del resto de los mortales. Sin embargo, en la fosa número 50 del lote uno, tramo uno, del Cementerio Municipal, una tumba pintada de azul, pero gris por abandonada, es la que resguarda sus restos. Pese a esto, Pepito vive aún en el inconsciente colectivo y su biografía continúa llenándose de anécdotas –reales o falsas, qué importa- que lo inmortalizan.

   José Calderón Torres nació en el puerto, en la colonia Arenal, un día no precisado de 1915, si nos atenemos al dato publicado en los diarios de que contaba con 58 años al momento de su muerte. A la edad de siete años ingresó a la escuela primaria Gabino Barreda, aunque abandonó sus estudios antes de concluir el segundo grado sin que mediara una razón aparente. Hasta poco antes de cumplir los trece, fue un niño de estatura normal. Sin embargo, a los quince ya era un mocetón con el físico de un adulto, y su fuerza equivalía a la de dos hombres. Padecía de gigantismo, una extraña anomalía caracterizada por el exceso de crecimiento. Debido a la pobreza, transformó su enfermedad en cualidad y la explotó yéndose a trabajar a los muelles como cargador y así ayudar en los gastos de la familia. Tenía tres hermanos y amaba a su madre encarecidamente; a ella dedicaba sus afanes y sus más bellos pensamientos.

   En su primera jornada como estibador impresionó a todos con su descomunal fuerza al cargar sobre su espalda cuatro sacos de azúcar recién llegado de Cuba, que juntos pesaban, poco más poco menos, 150 kilos. Tenía una voz suave y dulce que contrastaba con las dimensiones de su cuerpo. A la vez poseía un espíritu noble y se conmovía fácilmente ante la adversidad de sus semejantes, razón por la cual auxiliaba con gusto a los alijadores menos fuertes. Debido a esta actitud, tuvo muchos amigos, y fuero ellos quienes le empezaron a llamar “Pepito” en tono afectuoso y sin dobleces.

   A sus dieciocho, Pepito rebasaba ya los dos metros de altura. No experimentó, como es de suponerse, los placeres de la adolescencia, lo que sin duda lo hizo infeliz. A medida que su cuerpo crecía, su espíritu parecía contraerse, de tal manera que dejaba la impresión de estar habitado totalmente por la tristeza. Por alguna razón, dejó su trabajo en los muelles e ingresó al Sindicato de Trabajadores Terrestres. Ahí, su labor consistía en subir la carga a los camiones, en virtud de su imposibilidad para entrar a las bodegas. En Tampico, las puertas y los muebles de todos los recintos no estaban diseñados para su estatura. Por ello, prefería recorrer a pié la distancia de su casa a su trabajo, antes que abordar con dificultad cualquier vehículo. En las salas de cine –suponemos- forzosamente veía de pie las películas o bien desde la primera fila. Seguramente se sintió extraño, como una especie de Gulliver tratando de estar en el país de Lilliput, y muy pocos entendieron que era humano y que le molestaba no ser tratado como tal. Para él, aquellos que lo veían como un mono de circo, merecían ser hijos del gato burlón de Cheshire.

   José Calderón trabajó durante más de quince años en el Sindicato de Terrestres, período durante el cual se le conoció con el sobrenombre que llevaría más allá de su muerte: Pepito El Terrestre. En 1956, ya enfermo de la pleura y probablemente con más de una hernia enquistada en su cuerpo, abandonó su trabajo de cargador. Se dedicó entonces a vender billetes de lotería y a chacharear” como a él le gustaba decir. Para entonces, medía dos metros más veinte centímetros, y las dificultades para conseguir pantalones, camisas y zapatos de su medida hubieran sido insalvables de no ser porque su madre le confeccionaba la ropa, y un viejo zapatero de los mercados, le fabricaba alpargatas especiales para sus pies planos. Indudablemente, su presencia en las calles del puerto era un espectáculo para propios y extraños.

   Los viejos ahora cuentan que alguna vez los policías intentaron detener a Pepito por deambular ebrio en el centro de la ciudad, y que cuando él imaginó el malestar que causaría a su madre se resistió. Los oficiales, al parecer, lo quisieron doblegar hasta hacerlo enfurecer y el gigante, fuera de control, se deshizo de ellos y levantó la patrulla por un costado hasta volcarla. Tiempo después, en entrevista que concedió a un periodista de México (quien lo acompaña en la fotografía), Pepito aseguró que esas eran invenciones de la gente.

   De lo que no hay duda, es que en toda América Latina no existía entonces ningún se humano que alcanzara su estatura. Por ello, se sabe que un extranjero lo quiso llevar a jugar basquetbol a Estado Unidos y que varios propietarios de circo le ofrecieron empleo. No aceptó ninguno de tales ofrecimientos, aunque sí accedió a las peticiones de un empresario de Guadalajara temporalmente a promocionar unas vitaminas infantiles, y en otra ocasión, aceptó el papel de réferi en una pelea de enanos. Su argumento más sentido y honesto para rechazar cualquier oferta era el de “tengo que cuidar a mi madre; no puedo dejarla
sola”.

   Pepito El Terrestre murió el 15 de octubre de 1973, cuando había alcanzado la fabulosa estatura de dos metros más treinta y cinco centímetros. Su funeral fue singular: Debieron construir un ataúd especial y la carroza que transportó sus restos al panteón realizó el trayecto con la portezuela abierta, porque la caja mortuoria no cupo en su interior. Fue sepultado sin mayores honores, salvo el de aquellos que lo amaron sinceramente. Los periódicos publicaron escuetamente la noticia y los cronistas de la ciudad, empeñados en registrar solo la historia oficial, jamás se ocuparon de su vida.

   Un joven escultor, hace meses, se comprometió a realizar una escultura de tamaño natural en su honor, y posiblemente muy pronto la termine.

Por: Aurelio Regalado Hdz.
About these ads
Comentarios
  1. Jenny dice:

    yo estaba chica pero me acuerdo de verlo visto alguna ves en el mercado

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s